Cómo comunicarnos con el más allá a través de la Bola de cristal

La pervivencia, la existencia de una ¬ęvida¬Ľ despu√©s de la muerte f√≠sica, o bien, como afirman los alquimistas, ¬ęvolver a vivir en este mundo conservando inalterada en la mente la identidad de uno mismo¬Ľ: es un quebradero de cabeza que ha atormentado la mente de los mejores hombres de todos los tiempos, hasta nuestros d√≠as; m√≠seros ¬ęmortales¬Ľ, en el umbral del segundo milenio, nosotros mismos lanzamos nuestra inteligencia tecnol√≥gica en los programas de resoluci√≥n de este problema a√ļn sin resolver.
Por todos los medios, y a toda costa, tratamos de rasgar el tupido velo que nos oculta el m√°s all√°. Y he aqu√≠ que en esta b√ļsqueda espasm√≥dica los hay que dirigen su imaginaci√≥n hacia las m√°s arriesgadas aventuras, hasta el punto de perder de vista la fase crucial de la determinaci√≥n de las ¬ępruebas¬Ľ, en las que muchos otros, en cambio, han trabajado asiduamente con buenos resultados, con el fin de no falsificar la ¬ęrealidad¬Ľ del m√°s all√°.
Luego hay una gran confusión, engendrada por la radical e inmotivada oposición que existe entre religión y ciencia respecto a la inmortalidad del alma: la religión la sostiene con determinación milenaria; la ciencia, con igual determinación, sostiene la definitiva aniquilación de toda forma (incluso espiritual) de vida con la muerte del cuerpo.
Resulta que el cient√≠fico, a pesar de que ha investigado en el cuerpo y en la mente del hombre hasta en los m√°s m√≠nimos detalles, ha limitado su investigaci√≥n al aspecto exclusivamente material, visible, palpable; en la materia, que naturalmente es perecedera, descuidando as√≠ un postulado de la propia f√≠sica, seg√ļn la cual ¬ęnada se destruye, todo se transforma¬Ľ.
Y he aqu√≠ que la ciencia, con sus procedimientos l√≥gicos, se deja escapar la dimensi√≥n real de ciertos acontecimientos que, seguramente, al menos hasta ahora, no son demostrables ¬ęcient√≠ficamente¬Ľ o medibles con adecuados instrumentos (que ahora no tenemos, pero ¬Ņqui√©n nos impide pensar que podamos tenerlos en un futuro?).
Por lo dem√°s, ¬Ņqui√©n puede medir los sentimientos? Y, sin embargo, son un hecho bien real, cuya existencia no podr√° ser negada ni siquiera por el cient√≠fico m√°s bruto. ¬ŅQui√©n no ha probado nunca un sentimiento de amor? ¬ŅPero c√≥mo ¬ęmedirlo¬Ľ con una precisi√≥n ¬ęcient√≠fica¬Ľ? Un beso no es bastante. No olvidemos que el ¬ębeso¬Ľ de Judas, a pesar de que se manifestaba externamente, en realidad era s√≥lo en apariencia un sentimiento de amor, ya que en el fondo ocultaba la perfidia y la traici√≥n.
El error de la ciencia consiste, pues, en haber estudiado al hombre como si fuera una máquina, limitando el propio análisis a la mera dimensión naturalista.
Un gran yogui ha escrito al respecto: ¬ęLaplace, el famoso astr√≥nomo, afirmaba haber investigado y observado durante mucho tiempo con su telescopio la b√≥veda celeste, sin encontrar en ella ni rastro de Dios. Era un gigante de la mente concreta, pero un enano de la¬†mente abstracta, y est√° claro que no pod√≠a encontrar a Dios busc√°ndolo s√≥lo en un plano de objetividad.

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